Todos los días tengo la oportunidad de presenciar un gran espectáculo en casa que me produce una inmensa alegría: Ver la amplia sonrisa de mi hijo y saberlo feliz. Quizá hoy él no es muy consciente de lo que produce en otros, pero si de algo no nos queda duda a quienes lo conocemos, es que Sebastián es feliz. El sonríe hasta con su mirada profunda, y sé que está en mi papel como mamá, gran parte de la responsabilidad de continuar esta felicidad en su futuro; pero también la de enseñarle a él, dónde o cómo encontrarla.
Hay quien piensa que la felicidad no existe o que incluso está sobrevalorada. La felicidad es un concepto subjetivo, sin duda, aunque con matices comunes que pueden manifestarse en un entorno social, como lo es la familia. Procurar criar hijos felices, es verdaderamente un regalo de vida que podemos hacer a estos pequeños que dependen emocionalmente de nosotros en sus primeros años.
¿Y qué se puede hacer? Sentirse feliz es probablemente una sensación pasajera, pero que queda grabada en nuestra mente y nuestro corazón, produciendo memorias positivas y que nos permiten recrear emociones agradables con solo evocarlas. Debemos entonces empezar por procurar ambientes familiares, amables y placenteros, que produzcan momentos de felicidad individuales y colectivos. Educar hijos felices logra desarrollar en ellos confianza y autoestima, indispensables para un desenvolvimiento pleno y positivo, tanto personal como socialmente. Se trabaja con demostraciones de amor, juegos acordes a la edad e intereses de cada hijo, algunos pequeños detalles que los sorprenda y les haga dibujar una gran sonrisa... Prepararles su comida favorita, un paseo sorpresa, una nota inesperada. Las manifestaciones de amor, por ejemplo, nos llenan de endorfinas el cuerpo y nos hacen sentirnos felices. Demostrarles atención es básico. Piensa si tú puedes sentirte feliz cuando nadie te hace caso. Seguramente no.
Entonces establezcamos caminos de atención sincera y enfocada, que les diga lo importantes que son para la familia. Marcar límites sanos y claros, que den sentido y estructura a sus días también les puede producir felicidad, aunque hay quien piense lo contrario, ya que les ayuda a no sentirse confundidos y a la deriva, de la misma manera que procurar algunas recompensas (no compradas) a modo de refuerzo positivo cuando realizan una tarea con éxito u obtienen un logro especial.
Ser felices puede radicar en solo compartir con ellos un instante especial y enseñarles a disfrutar momentos personales. A veces basta con señalarles la belleza sutil de una luna menguante y verles sonreír discretamente o carcajearse estridentemente al simplear en casa intentando inventar un lenguaje extraterrestre con sonidos guturales y señas extrañas. Pienso que quizás no se puede enseñar cómo o con qué ser feliz, debido a su subjetividad, pero si debemos como padres, mostrar los medios o dedicar el tiempo para encaminarlos en esta búsqueda, que será un camino de por vida, lleno de pequeños tramos, que esperamos esté lleno de enseñanzas, experiencias y sobre todo, sonrisas. Para terminar, te dejo este pequeño pero significativo ejercicio:
Dos minutos de felicidad.
Prueba lo siguiente y experimentarás una inigualable sensación de la felicidad. Con reloj en mano, una hoja y pluma para escribir, tómate dos minutos de tiempo, durante los cuales escribirás todo aquello que te hace feliz. Pueden ser palabras aisladas o frases... Al final, lee en voz alta y explícate por qué te hace feliz. Te encontrarás sonriendo ampliamente al final del ejercicio. Puede ser personal o compartirlo con otras personas e incluso pegar esa hoja en un lugar visible. Ahora estás más que lista para compartir tu felicidad con tus hijos. Y recuerda que si tu sonríes de manera cotidiana, ellos sabrán cómo hacerlo también.
Por: Marcela Lavin






















